Escrito por el predicador Rubén Flores Albarracín

La unción en el mensajero de Dios

La unción en el mensajero de Dios es un tema fundamental en la conducta y en el servicio de la cristiandad.
La unción del Espíritu hace la diferencia entre un supuesto ministerio natural y otro realmente sobrenatural. El poder del Espíritu marca la distancia entre lo humano y lo divino en la predicación. Autentica el ministerio de Dios en una persona. Sin embargo, no son pocos los que desprecian la unción o poder del Espíritu Santo. En algunos círculos eclesiásticos tanto el poder de la elocuencia, la energía del ingenio, el ímpetu de la emoción como la fuerza de la erudicción pretenden sustituir la unción del Espíritu Santo. La elocuencia y la erudicción le dan expresión y profundidad a la prédica, pero no pueden transformar la vida del oyente. El ingenio y la emoción le dan belleza y empuje, pero son incapaces de guiar a la presencia de Dios. Sin la unción del Espíritu Santo, la elocuencia, la erudicción, el ingenio y la emoción son como burbujas de aire, como bolas de nieve, como los llamativos bosques que esconden un río seco.

Los discípulos del Señor debían esperar ser investidos de poder antes de salir a testificar.
Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra. (Hechos 1:8. RVR 1960).
He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto. (Lucas 24:49. RVR 1960).
El Señor Jesús nos dejó su ejemplo al respecto. F.B. Meyer escribió:
Si Cristo esperó ser ungido del Espíritu Santo antes de salir a predicar, ningún joven debería atreverse a subir a un púlpito antes de haber sido ungido por el Espíritu Santo.

El predicador o la predicadora puede poseer genialidad, destreza, experiencia, intrepidez, determinación, sagacidad, ímpetu, intelectualidad, elocuencia, o, puede ser que no tenga estas cosas, pero sin la unción poco o nada hará a favor del reino de Dios en este mundo. El predicador quizá sea llamado al ministerio cristiano. Puede ser sincero, honesto, sensible hasta las lágrimas, poseedor de buenas motivaciones, responsable, a todas luces una persona moral, y sin embargo, carecer de una de las cosas más importantes en el servicio: la unción.

El predicador puede tener conocimientos acerca de la Filosofía y la Psicología, utilizar la Exégesis y la Hermenéutica, poseer buenos libros de consulta, recurrir a la Homilética, sentirse embelezado por la Teología, predicar las Sagradas Escrituras, y sin embargo, transmitir simplemente la letra, la letra sin vida ni poder. Los oyentes se sentirán admirados por los conocimientos del predicador, por sus talentos e incluso por sus dones, pero pronto olvidarán el contenido del mensaje.

El mensaje bíblico predicado sin unción solamente puede producir recreación y distracción religiosa en una congregación cristiana. Los oyentes se divertirán y se emocionarán, se emocionarán y se divertirán, con todo pronto olvidarán el contenido de la prédica. Ese mismo mensaje predicado con la unción del Espíritu Santo producirá quebranto, arrepentimiento, fervor y acción, además de paz y gozo sobrenatural en esa misma congregación.
La unción del Espíritu transforma tanto al oyente como al predicador. El mensajero de Dios es transformado no únicamente cuando recibe la unción, sino también cuando fluye la predicación. La unción del Espíritu Santo le otorga autoridad y poder espiritual. Le da ciencia y sabiduría, iluminación y discernimiento. Le concede libertad y dirección, elocuencia y denuedo, visión y pasión, dinamismo y fuerza espiritual. La Biblia al ser expuesta con unción actúa en un ambiente de vida y poder sobrenatural. El mensaje adquiere belleza, agudeza y precisión. También claridad, profundidad y amplitud. El mensaje sea sencillo o profundo, se vuelve llamativo, atrayente, inspirador y desafiante.

Se requiere poder espiritual para quebrantar corazones endurecidos por el pecado, destruir las arraigadas fortalezas demoníacas en seres humanos, romper la sutil seducción de la corriente mundanal, y, guiar a la rendición y consagración a Dios. Para todo esto se requiere unción.
El Dr. John Henry Jowett afirmó lo siguiente acerca del predicador Dwight L. Moody:
La excelencia de Moody se encontraba en una vasija de barro, y muchos doctores en divinidad se han cuestionado acerca de la extraña asociación. Había miles de predicadores más elocuentes que Moody, pero el tesoro de la gloria no estaba en ellos. Moody podía no haber tenido educación, pudo haber tenido modales rudos y no tener experiencia en la oratoria, pero cuando hablaba, el poder de un mundo invisible caía sobre la audiencia.
Andrew Murray había predicado una serie de mensajes en la Convención de Keswick, en Inglaterra. Evans H. Hopkins dijo al respecto:
Sus mensajes tocaron la cuerda sensible en muchas personas, con un poder poco común... parecía como si nadie fuese capaz de escapar, como si nadie pudiera escoger otra cosa que no fuera dejar que Cristo mismo, en el poder de su Espíritu vivo, fuera el único en vivir en nosotros, aunque el costo fuera, que nos tocara morir por causa de él.

La unción del Espíritu Santo es indefinible, indescriptible, incomparable, inimitable e insustituible. Nada puede ocupar el lugar ni cumplir la función de esto que llamamos unción. El poder del Espíritu Santo es indescriptible en su naturaleza y en sus resultados.
La unción es transformadora. Nada, absolutamente nada, puede producir los efectos y los resultados que produce la unción.

Charles Spurgeon dijo:
Me pregunto cuánto tendríamos que golpearnos con la cabeza en la pared para comprender lo que significa predicar con unción. Sin embargo, el que predica reconoce su presencia y el que escucha advierte su ausencia... Conocemos la unción, pero no podemos decirles a otras personas lo que realmente es. Resulta fácil y a la vez absurdo imitarla. La unción no es algo que pueda elaborarse, y sus falsificaciones valen menos que nada; en cambio, la unción misma no tiene precio, y es totalmente necesaria si pretendemos edificar creyentes y traer pecadores a Cristo.

La culpa y la responsabilidad ante Dios y ante la congregación por la falta de unción del Espíritu Santo en el púlpito recae exclusivamente sobre el predicador. Él no permanece en la presencia del Señor. No es el canal limpio a través de quien pueda fluir el poder de lo alto. Él tiene obstáculos emocionales y espirituales. Quizá sus impedimentos más significativos sean la astucia, la sagacidad, el sentido de importancia personal, los intereses egoístas, la confianza en la experiencia, la elocuencia natural, y principalmente, la ausencia de quebrantamiento. Sin auténtico quebrantamiento, aun los talentos humanos más desarrollados, se convierten en obstáculos para la manifestación del poder de Dios el Espíritu Santo. El predicador quizá no se ha percatado de que las palabras de halago y los aplausos que recibió en el servicio lo han seducido y enceguecido. Probablemente se siente conforme con los resultados de su labor. Nunca ha pensado en la posibilidad de que los escasos buenos resultados de su predicación han sido la respuesta benevolente de Dios a las oraciones intercesoras de una ancianita o de un tierno niño de su congregación, solo eso. Quizá olvida relacionar las palabras gracia y misericordia con su oficio ministerial. Ya hace mucho tiempo que no se siente indigno y necesitado al momento de predicar. Posiblemente nunca experimentó la vergüenza que sienten muchos de los que piensan en las grandes cosas que Dios quiso realizar y no las pudo hacer a través de ellos. No se da cuenta del déficit espiritual y piensa en un superávit. Se siente señor, mas no administrador. Quizá la rutina y la costumbre en el ministerio le han puesto una sutil trampa a su corazón. Ya ha olvidado de dónde fue redimido, y la ausencia de quebrantamiento ha hecho que se eleve por encima de aquellos oyentes que, al borde del abismo, angustiosamente claman por ayuda.

La humillación, el quebrantamiento y la oración preceden a la manifestación de la unción del Espíritu Santo. Esta fue la experiencia de los apóstoles días antes de Pentecostés. Fue la experiencia del apóstol Pablo al estar en Arabia, antes de poder decir: «El que nos ungió, es Dios» (2 Corintios 1:21). El apóstol Pedro tuvo que crucificar su astucia, egolatría, celo, interés mezquino, megalomanía, entre otras cosas, antes de convertirse en el ungido predicador por quien muchas personas han dado y dan gracias a Dios hasta el día de hoy.

La unción o poder del Espíritu Santo no fluye con el objetivo de exaltar al ser humano y acrecentar su economía, tal como lo creía Simón el Mago. No viene buscando utilizar el nombre de Cristo en forma exhibicionista, como pensaban los siete hijos de Esceva. No discurre con el deseo de fomentar el exclusivismo religioso, así como argumentaba la Iglesia cristiana de trasfondo judío en Jerusalén de Judea. Tampoco se manifiesta para competir dentro de la congregación, tal como lo creían los corintios. La unción viene para exaltar a Cristo y para extender su reino en este necesitado mundo.

Cuando creyentes afirman emocionados que miles de personas participaron en un evento eclesial cristiano, es bueno preguntarles lo más importante, es decir, cuántas personas han sido físicamente sanadas, cuántas fueron salvas, cuántas han tenido renovación, cuántas recibieron palabra de ciencia, cuántas han experimentado algún milagro, cuántas se consagraron a Dios...

Si anhelas tener unción o mayor unción no la encontrarás en las áreas administrativas de los templos cristianos, ni en algún certificado otorgado por una entidad educativa teológica, ni en el tiempo de experiencia cristiana, tampoco la encontrarás en los cargos delegados por el ministerio eclesial, ni en la intelectualidad ni en la elocuencia. La unción es conquistada por los que la consideran entre las prioridades de la vida... La unción intensa, la que produce transformación radical, se encuentra solo en la radical obediencia a Dios. La unción, eso invisible y perceptible, esa «electricidad celestial», ese poder del Espíritu Santo, este poderío que transforma, se encuentra solamente en el ámbito de la consagración a Dios.

La unción por medio de predicadores y cantantes sana corazones heridos, seca las lágrimas de arrepentimiento en corazones despiadados, sostiene la bandera de la victoria en las luchas contra la herejía, regala vista a ciegos, pone la ternura de Cristo en corazones endurecidos por el mal, corre el velo iluminando el entendimiento entenebrecido, resucita muertos, da libertad a los cautivos de las tinieblas, toma naciones mediante el avivamiento...

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